sábado, 28 de mayo de 2011

Fantasía

Te recuerdo de hace muchos años, cuando todos los días se antojaban soleados y no había más dolor que el que aliviaba un simple helado.

En la larga noche, y también en el efímero día, te veía a cada paso que daba. Siempre
presente, me maravillabas en lo más profundo.

Eras objeto de deseo y sueño. Ante mi te presentabas en el vuelo solitario de una hoja caída en el Otoño, revoloteando frente a mí, invitándome a seguirte, a dejarme llevar…

Qué lejos quedaron aquellos días, la breve pero inolvidable Primavera de mi vida.

Ahora, en mi particular verano, te sigo recordando. Por fin te entiendo, incluso yo mismo te doy forma pero, en el fondo de mi alma, sigues siendo la más extraordinaria y misteriosa belleza.

Cada día, cada vez que contemplo una hoja caída invitándome al recuerdo, mi rostro se ilumina y con los ojos humedecidos, recuerdo... te recuerdo.

viernes, 20 de mayo de 2011

La verdadera democracia

En los últimos días, el movimiento 15-M, que reclama una democracia de verdad ha ido ganando fuerza en toda España. Muchas cosas se podrían decir sobre la acampada en la Puerta del Sol, donde miles de personas llevan días reclamando que se les escuche y proponiendo, mediante asambleas públicas y abiertas, aportes para este movimiento. Podría tirarme horas hablando sobre todo esto, pero esta entrada está dedicada al movimiento en Ciudad Real.

Ayer jueves, tuve por fin la ocasión de pasarme a conocer más sobre la manifestación que comenzó el pasado miércoles, con acampada incluida, y pude asistir a la asamblea abierta celebrada a las ocho.

Allí se discutió sobre diversos asuntos, primando la reforma de la ley electoral y más tarde la discusión, con el soporte jurídico de un abogado allí presente, de qué hacer a partir del Sábado a las 00:00, hora en la que estas concentraciones pasan a ser ilegales en toda España.

Y el punto más importante, de todos los tratados, fue la reforma de la ley electoral.

Había personas que defendían una democracia directa, como (con muchos, muchísimos matices) hicieron los antiguos griegos o tal y como dijo una chica se produce en Ginebra. Estas personas estaban en contra de la representación de políticos. Algunos hablaban de reuniones semanales para decidir las leyes, otros de grupos asamblearios en cada ciudad mediante los cuáles las decisiones fuesen ascendiendo hacia arriba en la organización (lo que, creo yo, implica un mínimo de representación) e incluso un joven salió a hablar sobre que internet era la clave para llegar a tomar las decisiones y que provocó opiniones muy dispares entre los allí presentes. En definitiva, todo para el pueblo, por el pueblo.

A su vez, otro grupo hablaba de establecer cotas al poder político. Mantener la representación, pero sin las libertades que disponían, con más presencia ciudadana y limpieza de cargos públicos y, evidentemente, negándose completamente al bipartidismo PP PSOE, reclamando nuevos partidos que no estuviesen corruptos, basando esta creencia en la consideración de que es imposible que el 100% de la sociedad española con capacidad de voto pueda reunirse y votar todas y cada una de las decisiones acordadas en el Congreso.

A mi juicio, todos estaban de acuerdo, al menos, en la necesidad de reformar dicha ley para hacer que los votos de todas las personas de España cuenten por igual, aunque puede llegar a decirse que hubo un intercambio de palabras realmente frenético entre los defensores de unas ideas y otras, en algunas ocasiones.

También se abordó el problema de las universidades y el plan Bolonia, destacando lo poco o nada preparados que estaban los profesores sobre esto, y cómo el cambio debía partir desde el alumno; sobre si seguir o no los puntos acordados en el manifiesto oficial de la plataforma Democracia Real Ya (que un chico salió a leer, entre aplausos de los asistentes en los puntos donde estaban a favor, y que generó gran controversia, especialmente a partir del punto en el que alguien dijo que en Sol se estaba hablando de formar un grupo político) e incluso se habló de formar un propio manifiesto desde aquí con ideas propias y recogidas de otros manifiestos.

También salió un hombre a hablar de la necesidad de una educación de verdad y válida como puente y camino para la verdadera democracia. Incluso, mi amigo Daxean salió para defender la necesidad de un cambio sin prisas, para evitar caer en el caos, remarcando que no podemos cambiar de la noche a la mañana cuando el resto del mundo permanece con sus mismos regímenes. En resumen, fueron unas horas muy interesantes y variadas, donde se escuchaban las opiniones de todos y se respondía con respeto. Todos éramos "compañeros"

El problema surgió cuando algunas personas aprovecharon para hablar, de manera generalizada, de otros movimientos que no deberíamos considerar parte de este movimiento.

Un par de chicas gritaron en cierto momento: "¡Muerte a la monarquía!" No os engañaré, yo soy republicano. Sin embargo, este movimiento no tiene ninguna relación con la monarquía. Tenemos problemas mucho más acuciantes en España, y si empezamos a generalizar con hechos que solo buscamos algunos, todo este movimiento se disgregará, y nada servirá de nada.

Lo mismo ocurrió con otro chico que salió a leer unas palabras escritas en una libreta, hablando sobre la lucha del proletario contra el burgués, y toda esa parrafada comunista.

De nuevo, insisto, la gente es libre de pedir lo que quiera, pero este no es el momento ni el lugar para hacer llamamientos republicanos, monárquicos, sionistas, de rojos, de azules o de grises. Estamos aquí para pedir el cambio en nuestros políticos, para pedir una democracia de verdad. Olvidémonos de nuestras pasiones y deseos. Olvidémonos de lo que cada uno queremos, y centrémonos en lo que todos reclamamos. Esa es la verdadera democracia.

martes, 17 de mayo de 2011

Perfección

Mucha gente, a lo largo de los siglos, ha dedicado su vida entera a la búsqueda de la perfección.

Algunos, su propia perfección; una vida de locura, angustia y sufrimiento les espera, con la sombra de su inevitable fracaso persiguiéndoles a cada paso que dan. Y después, la indolente promesa de un final demasiado temprano.

Otros, la buscan más allá. Son los llamados profetas, los mesías. Y si, en cierto modo, llegan a encontrarla en sus mentes delirantes y enfermizas, pero el camino acaba siendo el mismo de siempre. Miles de personas, locas de furor y delirantes, llevando la muerte de su perfección a aquellos que no quieren compartirla.

Y ahora lo veo tan claro. La perfección existe... siempre ha existido, oculta y a la espera de mostrarse. Y nosotros somos incapaces, realmente, de sentirla hasta que no sentimos nunca más. Presente, tan inevitable e incomprendida ¿Quién puede negármelo?

Ahora lo sé por fin; es la muerte tan perfecta.... Suerte que adore mi imperfección.

domingo, 24 de abril de 2011

Cristianismo

Deuteronomio 28:22 El Señor te castigará con tisis, fiebre, inflamación, ardores, aridez, quemadura y pulgón que te hostigarán hasta que desaparezcas.



Pero Dios es amor.

miércoles, 20 de abril de 2011

Invierno en mi Corazón

Mi mente fluye a toda velocidad, y ante mis ojos pasan decenas de imágenes claras y evidentes, que se unen formando una sola imagen: su sonrisa, su sinuoso y grácil cuerpo, su indomable y larga melena castaña, su bello rostro...

Pero mi ser permanece neutro, ajeno a todo, mientras sus imágenes se juntan con las de él, y la ira se convierte en un todo y, tras ese breve espasmo de odio, indiferencia, como una arisca llanura despoblada.

Y mi cerebro viaja a un tiempo pasado en el que era feliz, aferrándome a esos recuerdos maravilloso, pese a que todos, incluida mi propia consciencia, me avisaban de la perfidia de su traición.

Pero yo no quería oír, y mucho menos ver. Ella era mi ninfa, la Diosa perfecta que calentaba mi frío corazón.

Y llegó el día en que toda la verdad me golpearía a la cara, cuando quise darle una sorpresa visitándola en su piso. Encontré la puerta entreabierta, y la abrí con precaución, dispuesto a sorprenderla amorosamente.

Al entrar, diversos gemidos y gritos llegaron a mis oídos. Mi primera intención fue gritar, pensando que la estaban atacando, pero mi cuerpo fue incapaz de reaccionar, poseídos por un sentimiento extrañamente morbos. Así que avancé, crucé el oscuro salón y me asomé a su dormitorio, de donde provenían los ruidos.

Lo que contemplé, bajo la oscuridad iluminada por las ventanas, sobre la cama donde tantas noches había dormido, destrozó mi alma: dos siluetas, demasiado conocidas para mí, unidas como solo harían unos amantes. Retrocedí sobre mis pasos, extrañamente incapaz de sentir nada. Quizá, en el fondo de mi corazón, ya lo sabía.

Allí permanecí durante unos minutos que parecieron eternos, la mirada perdida, vagando entre mis sentimientos, con su danza de amor como banda sonora. Y los sentimientos, surgiendo: Tristeza, desesperanza, ansiedad, desengaño, ira…

Entonces supe lo que había de hacer y entrando en la cocina, cogí el cuchillo más afilado que pude encontrar, y todo terminó.


Vi su sangre desde el lecho caer, no sentí pena alguna ni jamás la sentiré, pues es Invierno en mi Corazón.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Recuerda

Otro nuevo relato de exactamente el 25/07/2008. Hace ya unos añitos de esto, pero me sentía con ganas de subir algo nuevo y siempre quise subir este. Esperemos que la musa me llegue más tarde o más temprano, y si no, en Verano quiero exprimirme el seso a tope >.<

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La noche abrazó el cielo con su negro manto, y las estrellas se desplegaron sobre el orbe, mientras la lluvia caía en los bosques lejanos y la brisa hacía ondear las ramas de los árboles.

- ¿Sabes, mi querido hijo?- Dijo Artorius a su compañero, un joven soldado que lucía las insignias de la legión- Dicen que las estrellas son las almas de los guerreros caídos en combate, guerreros que como nosotros lucharon, y sus espíritus ascendieron al cielo. Mira esa estrella de allí, según cuentan es Lorenzo Lupo, el héroe de la V.

Artorius era un hombre veterano. Debía rondar por los 55 años, pero se sentía con una energía que, por momentos, superaba a los más jóvenes. Pelo y barba oscuros, salpicados de canas hasta lo indecible, y ojos profundos y torturados. Nariz partida por alguna batalla particularmente violenta y numerosas cicatrices. Su armadura dorada le cubría el cuerpo, y las gotas de lluvia resbalaban sobre ella provocando un molesto ruido en la noche. El gladius descansaba colgando de una vaina con el símbolo del águila dorada, y el escudo junto al casco estaban apoyados al lado de ellos, en el parapeto del muro.

- También cuentan que el peor momento de una tormenta es la calma que la precede. No saben cuanta razón tienen. Saber que tu fin está cerca, y aún así resignarse a permanecer en tu lugar; por tu familia, por tu honor, por Roma... Miles de hombres han muerto ya, y su sangre riega estas tierras como la lluvia misma. Y sin embargo, los bárbaros no cesarán hasta acabar con todos nosotros y créeme, un día lo conseguirán.

Artorius había visto cientos de ocasiones como esa, y también como sus más allegados caían presos de las espadas enemigas, y muchos otros de la desesperación y el miedo. ¿Cuántas veces lo habría sentido en aquellas ocasiones?

Cerró los ojos y abandonó el campamento por unos momentos, y sus sentidos se inundaron por el fuego crepitante del hogar, una mujer que le quería y unos hijos abrazándole. Cuánto había dejado atrás, pero sabía que de él dependía que todo ello siguiese vivo,la llama de su esperanza, el fuego de sus noches. Y lo defendería con toda su alma.

La fría brisa de la muerte volvió a inundar sus sentidos, y el agua que descendía con fuerza sobre ellos le despertó del ensueño.

- Nuestro tiempo se acaba, hijo mío- Sentenció tras un largo rato de silencio en el que observaban cientos de hogueras consumiéndose en la lontananza, en el campamento enemigo- Yo ya he pedido demasiado a los dioses, pero tu vida está llena de posibilidades. Quizá... seguramente, no pase de mañana. Pero no debes llorarme.

El centurión sujetó de los hombros al que era su primogénito y le miró de forma profunda e intensa, penetrándolo con la mirada.

- Recuerda lo que te digo. Recuerda el ayer, recuerda a los héroes y vive para rememorar sus hazañas. Recuerda que, cuando mires a las estrellas en noches como esta, sabrás que allí estaré yo, y que mi fuerza y mi coraje estarán contigo. No te consumas en las llamas del olvido y la desesperanza- Los ojos se le iluminaron, y alzó la voz en las siguientes palabras- ¡Recuerda el ayer, pero sobre todo, haz que te recuerden!

Los tambores de guerra sonaron lejanos, y pronto se les unieron los cuernos. El anciano hombre recogió sus armas y echó una breve mirada a su hijo.

- Recuérdalo, y haz que me sienta orgulloso de ti.

Después, descendió las escaleras, hacia las puertas de los infiernos, y su joven hijo observó al héroe marchar, para siempre.

- No- Se dijo, mientras luchaba para contener las lágrimas- No lloraré, pues no hay pena o miseria en la muerte por honor. Padre- Se dijo, como juramento- Te recordaré, a ti y a todos los héroes. Y haré que me recuerden- Echó una última mirada al cielo antes de marchar y, por un fugaz instante, creyó ver una nueva estrella brillando en el firmamento.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Memorias

El viento golpeaba los recios muros de piedra de la elevada torre, mientras la lluvia repiqueteaba con fuerza contra el tejado para luego caer en chorros hacia abajo.

El anciano señor del torreón contemplaba, desde su sobria habitación, la tormenta que cada vez acosaba sus tierras con más fuerza, intercalándolo con los pergaminos en los que escribía, con una letra fina y estilizada. La habitación era circular, como la torre donde moraba, y aparte de una cama de paja con varias sábanas, un pequeño armario con algunas piezas de ropa, una estantería repleta de libros y manuscritos y un imponente escritorio, que ocupaba más de la mitad de la cámara, no había muchas más cosas, aunque el escritorio estaba a rebosar.

Por toda la parte de la pared había varias velas de distintos tamaños cuyas llamas titilaban alumbrando la penumbra de la noche dispuestas de forma aleatoria. Sobre la mesa se extendían multitud de textos y pergaminos donde se habían garabateado miles de palabras e historias, con varias plumas de diferente tamaño y aspecto dispuestas sin mucho orden aparente, y un tintero cerca de donde el hombre se sentaba.Después de todo, había cierto orden lógico en la disposición de los elementos.

Entonces, los goznes de la puerta de entrada chirriaron, y ruidosamente la puerta se abrió, provocando una intensa ráfaga de viento que entró desde el pasillo y, además de congelar sus viejos y entumecidos huesos y apagar más de la mitad de las velas, tiró el tintero sobre el escritorio y derramó parte de su contenido sobre el caro rollo sobre el que escribía. El hombre esbozó una mueca y suspiró, tratando de recomponer el desorden de la mesa mientras uno de sus sirvientes, un joven erudito, con la cabeza rapada y una túnica marrón y sandalias como única vestimenta, entraba en su habitación, saludando con respeto.

- Señor, una comitiva se acerca por el camino - Avisó su sirviente, mientras entrecerraba los ojos y trataba de acostumbrarse a la escasa iluminación de la habitación. Parpadeó varias veces, y luego continuó – Son alrededor de cincuenta, y van armados.

El hombre frunció el ceño, visiblemente preguntándose a qué se debería una visita en un tiempo tan enrevesado y a tan altas horas de la noche. Luego, como acordándose de algo de repente, volvió a mirar a sus textos y esbozó un amago de sonrisa, mientras miraba por la ventana, pero la tormenta le impedía ver nada más allá de la propia inmediatez.

- Tal vez sea el momento – Dijo simplemente, mientras despedía al hombre con un gesto y se alegró de casi haber acabado su historia.

Los centenares de páginas que cubrían el escritorio, y la última sobre la que el hombre trabajaba, no eran alguna copia de un aburrido manuscrito, o los delirios de un viejo terminal. Eran una historia, la historia de su propia vida.
No siempre había sido un aburrido maestre en una torre solitaria habitad por media decena de personas. En su juventud, había sido un pendenciero aventurero; un guerrero. Había matado más hombres que días tiene un año, y realmente no se arrepentía. Simplemente, sus huesos se habían vuelto blandos y cansados, y había decidido retirarse de su antigua vida. Por supuesto, muchas de las personas que había matado podrían haber sido inocentes, como también había terminado con la vida de grandes figuras y personas importantes. Quizá el batallón que se dirigía hacia allí estuviese enviado por algún familiar rencoroso de alguno de los tantos que habían pasado por su filo.

- Ya sabías que esto iba a pasar – Se dijo a sí mismo, mientras se esmeraba en las páginas, escribiendo a toda prisa las últimas líneas de su vida.

Miró al armario, en el cual descansaba una gran espada envainada, y por un instante pensó en morir con ella. Luego desechó la idea. Como durante muchos años su compañera había sido la espada, hacía otros tantos que la pluma la había sustituido. Firmó la última de las páginas mientras de nuevo el sirviente de antes entraba, provocando que otra docena de velas se apagasen, dejando apenas un puñado de tenues llamas. El hombre, visiblemente alterado, tenía los ojos muy abiertos y miraba de un lado para otro.

- Maestro – Jadeó, tratando de recuperar el aliento perdido en una carrera agotadora – Han entrado.

- Que así sea – Dijo secamente el anciano, mientras colocaba una bolsa de cuero repleta de monedas en la mano de su sirviente, y señalaba al montón de pergaminos y textos – Quiero que los guardes y te escondas. Como última tarea, te encomiendo guardar lo que he estado escribiendo tantos años, pues hoy ha sido escrita la última página, y el punto final está ya puesto.

- ¿Qué es, señor? – Preguntó, cogiendo la bolsa y, ya por puro instinto, sacudiéndola para escuchar su contenido.

- Algo que quiero que conserves – Contestó simplemente, mientras organizaba de forma apresurada los textos y se los entregaba enrollados. Después, el hombre, todavía lleno de incógnitas pero visiblemente preocupado por las prisas, salió corriendo, buscando un escondrijo.

Después el anciano se dio la vuelta, se acercó cojeando hasta la ventana, mirando el borroso perfil de las nubes lejanas y la textura de los inmensos bosques que lo rodeaban. La puerta se abrió de nuevo, y una pareja de hombres corpulentos cubiertos de malla y cuero, uno de ellos portando un hachón más grande que el anciano, y el otro con una larga espada, aparecieron, obligándose a agacharse para pasar por la puerta.

Contemplaron unos instantes al anciano, y, mostrando su aplomo, el hombre se acercó lentamente hacia ellos.

- Buenas noches, caballeros – Dijo con tono calmado, sin alterarse. A su espalda, solamente una vela continuaba titilando suavemente - ¿Puedo saber a qué se debe su visita?

Uno de los hombres escupió al suelo y, con una mueca brutal en un rostro tuerto, con varias cicatrices por la cara y la mitad de sus dientes partidos, se acercó al hombre. Por sus túnicas y su habitación, era el señor de la torre, aunque por su aspecto pareciese un anciano copista más, lo que provocaba confusión en su ruda mente.

- Si - Contestó sin llegar a ser preguntado, dándose la vuelta y avanzando hacia el escritorio, dejándolos a su espalda – Soy yo el que mató a aquel buen amigo de vuestro señor, hace tantos años – Concretó, ante el rostro sorprendido de los dos hombres, que se miraron - ¿A qué esperan? – Instó.

El que portaba la espada se encogió de hombros y, con sonrisa estúpida, se acercó al hombre, tiró su espada al suelo y desenfundó de su cinturón un pequeño cuchillo afilado.

El hombre hizo un corte en su cuello, lo bastante profundo para que empezase a sangrar, y el hombre trató de arrastrarse y alcanzar la ventana, trastabillando y apoyándose sobre la silla. A lo lejos, un brutal trueno golpeó la campiña, y segundos después un rayo atravesó el cielo. El anciano cayó sobre la mesa, y estirando la mano, agarró la pequeña vela. La vida se escapaba por fin de su cuerpo marchito y, ante la mirada sorprendida de los dos hombres de armas que acababan de arrebatarle la vida, la agarró con firmeza y, presionando con el pulgar y el índice, apagó la última llama titilante, al tiempo que otra llamaba abandonaba su corazón y, aflojando la presión de sus piernas, cayó al suelo.

Sobre la mesa, podía verse la hoja final de sus memorias, ya terminadas, sellada y lacrada con un pequeño círculo de la ardiente cera de esa última vela que ardió en la sala.